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Percibir la muerte


Tenemos miedo de morir. Para terminar con el miedo a la muerte debemos entrar en contacto con la muerte, no con la imagen que el pensamiento ha creado de la muerte, sino que de verdad debemos percibir el estado de muerte. De lo contrario no hay final para el miedo, porque la palabra muerte genera miedo, y ni siquiera queremos hablar de ella.

Siendo sanos, normales, capaces de razonar claramente, de pensar con objetividad, de observar, ¿es posible para nosotros entrar totalmente en contacto con el hecho de la muerte? El organismo, a causa del uso, de la enfermedad, finalmente morirá. Si estamos sanos, queremos descubrir qué significa la muerte. No es un deseo morboso, porque quizás al morir comprenderemos el vivir. El vivir, tal como es ahora, implica tortura, continuo desorden contradicción; por lo tanto, hay conflicto, confusión y desdicha. El diario acudir a la oficina, la repetición del placer, con sus penas y su ansiedad, el andar a tientas, la incertidumbre, eso es lo que llamamos el vivir. A ese tipo de vivir nos hemos acostumbrado. Lo aceptamos; envejecemos con él y morimos.

Para descubrir qué es el vivir, así como para descubrir qué es el morir, uno debe entrar en contacto con la muerte; esto es, uno debe terminar cada día con todo lo que ha conocido. Debe terminar con la imagen que ha elaborado respecto de sí mismo, de su familia, de sus relaciones, la imagen que ha formado a causa del placer, de su relación con la sociedad, con todo. Eso es lo que va a suceder cuando la muerte ocurra.

De "El libro de la vida"

Muerte y renovación


Cuando hablamos de una entidad espiritual, entendemos con ello algo que no está dentro del campo de la mente, es obvio. Ahora bien, el "Yo", ¿es una entidad espiritual? Si es una entidad espiritual, debe estar más allá de todo el tiempo; por lo tanto, no puede renacer ni continuar.

El pensamiento no puede pensar en ella, porque el pensamiento está dentro de la medida del tiempo, el pensamiento proviene del ayer, es un movimiento continuo, la respuesta del pasado; así pues, el pensamiento es, en esencia, un producto del tiempo. Si el pensamiento puede pensar acerca del "yo", éste forma parte del tiempo; en consecuencia, el "yo" no está libre del tiempo y, por ende, no es espiritual, lo cual resulta evidente.

De modo que el "Yo" es tan sólo un proceso del pensamiento; y usted quiere saber si ese proceso del pensamiento, continuando aparte del cuerpo físico, nace nuevamente, se reencarna en una forma física. Ahora avancemos un poco más. Aquello que continúa, ¿puede, en modo alguno, descubrir lo real, lo que está más allá del tiempo y la medida? Ese "Yo", esa entidad que es un proceso del pensamiento, ¿puede alguna vez ser nuevo? Si no puede, entonces tiene que haber una terminación para el pensamiento.

¿Acaso no es inherentemente destructiva toda cosa que continúa? Aquello que tiene continuidad jamás puede renovarse. En tanto el pensamiento continúe a través de la memoria, del deseo, de la experiencia, jamás podrá renovarse; por consiguiente, lo que es continuo no puede conocer lo real. Puede usted renacer mil veces, pero jamás podrá conocer la real, porque sólo aquello que muere, que llega a su fin, puede renovarse.

De "El libro de la vida"

La muerte




Vamos a ver, pues, qué es el mundo e investigaremos qué es la muerte. ¿Por qué a todos nos atemoriza tanto la muerte? Ustedes saben qué significa morir; ¿acaso no han visto docenas de personas heridas o muertas? ¿Han investigado alguna vez a fondo lo que es la muerte? Ésta es una pregunta muy importante, tan importante como preguntarse qué es la vida. Dijimos que la vida es toda esta insensatez: acumular conocimientos, ir a la oficina todos los días a las nueve, etc., luchar, no querer esto, querer aquello. Conocemos lo que es el vivir, pero nunca hemos investigado seriamente qué es el morir.

¿Qué es el morir? Debe ser una cosa extraordinaria. Todo nos es quitado: nuestros apegos, nuestro dinero, nuestra esposa, nuestros hijos, nuestro país, nuestras supersticiones, nuestros gurús, nuestros dioses. Uno puede desear llevárselos al otro mundo, pero no es posible. La muerte dice: "Desapégate de todo". Eso es lo que ocurre cuando la muerte llega; uno no tiene a nadie en quien apoyarse. Nada. Uno podrá creer que reencarnará. Ésa es una idea muy consoladora, pero no es un hecho.

Estamos tratando de descubrir qué significa morir mientras vivimos ?no cometer suicidio, no hablo de esa clase de desatino-. Quiero descubrir por mí mismo qué significa morir. O sea: ¿Puedo liberarme completamente de todo cuanto el hombre ha creado, incluyéndome a "mí mismo"?

¿Qué significa morir? Abandonarlo todo. La muerte corta con una navaja muy, muy afilada, separándolo a uno de sus apegos, de sus dioses, de sus supersticiones, de su deseo de consuelo ?la próxima vida y todo eso-. Voy a descubrir qué significa la muerte, porque ella es tan importante como el vivir. ¿Cómo, entonces, puedo descubrir ?efectivamente, no de manera teórica- qué significa morir? Quiero descubrirlo verdaderamente, tal como ustedes quieren descubrirlo. Estoy hablando para ustedes, así que no se duerman. ¿Qué significa morir? Formúlense esa pregunta a sí mismos. Mientras somos jóvenes, o cuando somos muy viejos, esta pregunta está siempre ahí. Morir significa ser totalmente libre, estar completamente desapegado de todo cuanto el hombre ha producido, o de lo que uno mismo ha acumulado ?totalmente libre-. Ni apego, ni dioses, ni futuro, ni pasado. Ustedes no ven la belleza de ello, su inmensidad, su fuerza extraordinaria: estar muriendo mientras vivimos. ¿Comprenden lo que eso significa? Mientras viven, están muriendo a cada instante, de manera que a lo largo de toda la vida, no están apegados a nada. Eso es lo que la muerte significa.

Por tanto, vivir es morir. ¿Comprenden? Vivir significa que cada día está uno abandonando todo aquello a lo que se apega. ¿Pueden ustedes hacer esto? Es un hecho muy simple, pero tiene implicaciones tremendas. Cada día es así un día nuevo. Cada día está uno muriendo y encarnando. Hay en ello una vitalidad y una energía tremendas, porque nada existe que pueda inspirarnos temor. No hay nada que pueda lastimarnos. No existe el sentirnos lastimados.
Todas las cosas que el hombre ha acumulado deben ser abandonadas por completo. Eso es lo que significa morir. ¿Pueden, pues, hacerlo? ¿Lo intentarán? ¿Experimentarán con ello? No sólo por un día; todos los días. No, señores, no pueden hacerlo, sus cerebros no están preparados para esto. Sus cerebros han sido tan fuertemente condicionados por la educación que se les imparte, por sus tradiciones, por sus libros, por sus profesores. Ello requiere descubrir qué es el amor. El amor y la muerte marchan juntos. La muerte dice que sean libres, que no se apaguen, que no pueden llevarse nada con ustedes. Y el amor dice, el amor dice... no hay palabras para ello. El amor puede existir solamente cuando hay libertad, cuando uno está libre, no de su esposa o de una nueva amiga o de un nuevo esposo, sino cuando existe el sentir, la enorme fuerza, la vitalidad, la energía de la completa libertad.


Del libro "El futuro es hoy"


La muerte




El tiempo es a la vez cronológico y psicológico, exterior e interior. Y el conflicto surge cuando se introduce el tiempo en nuestra vida en forma de 'seré', 'no seré', 'tengo que llegar', 'tengo que realizar'. Y si la mente pudiera eliminar todo ese proceso, entonces podríamos hallar que la mente ya no es medible, carece de frontera, y sin embargo puede vivir en este mundo totalmente, completamente, con todos sus sentidos.

Para la mayoría de nosotros, el tiempo cronológico, en forma de hoy, mañana y ayer, es esencial. Aprender una técnica, ganarse la vida, implica tiempo. Está ahí, y no podéis evitarlo; es una realidad. Necesitáis tiempo para llegar aquí; necesitáis tiempo para aprender un idioma; existe el tiempo en el avance de la juventud a la vejez; se tarda tiempo, que implica distancia y espacio, en ir desde aquí a la luna. Todos estos son hechos, y sería absurdo e insensato negarlo.

Ahora bien, ¿existe acaso cualquier otro tiempo, como un hecho? ¿O es que la mente ha inventado el tiempo psicológico como medio de logro, como medio de llegar a ser algo? Soy envidioso, adquisitivo, brutal; pero con el tiempo me libraré gradualmente de la envidia, seré no violento. ¿Es eso una realidad, es un hecho como lo es la distancia de Londres a París? ¿Existe cualquier otro hecho tan definido y real corno el espacio y la distancia? En otras palabras: ¿existe siquiera el tiempo psicológico? Aunque lo hemos inventado, aunque vivimos con él, aunque es un hecho para nosotros, ¿existe semejante cosa?

Aceptamos el tiempo cronológico y aceptamos también el tiempo psicológico, y de los dos decimos: son hechos. Uno, el tiempo cronológico, es un hecho; pero pongo en duda que el otro lo sea ¿Es necesario el tiempo para ver algo claramente, inmediatamente? Para ver la adquisividad, la envidia, todas las cosas, el sufrimiento implicado en la envidia, para ver la verdad de ello, ¿es necesario el tiempo? ¿O es que la mente inventa el tiempo psicológico para gozar de los frutos de la envidia y eludir su dolor? De modo que el tiempo puede ser el refugio de una mente indolente. Es la mente perezosa la que dice: 'no puedo ver eso inmediatamente, déme tiempo, voy a mirarla durante un período más largo; más adelante haré algo sobre ello'; o: 'sé que soy violento; pero gradualmente, cuando ya no me guste, cuando eso ya no me beneficie, cuando ya no goce con ello, lo abandonaré'. Por lo tanto, nace el ideal: la idea de 'lo que debería ser' se coloca a distancia, lejos del hecho de 'lo que es'. Hay, pues, un espacio entre el hecho y 'lo que debería ser'. Y yo pregunto: ¿es un hecho el ideal de 'lo que debería ser'? ¿ O es una conveniente invención de la mente para poder seguir adelante con los placeres y dolores, con la indolencia de la postergación?
Ahora bien, para ver algo de inmediato ?lo absurdo de la envidia, de la competencia, de la moralidad social- para ver de inmediato la falsedad de eso, ¿se requiere tiempo?

Para transformar la mente, para que ésta se libere de su propio condicionamiento ¿hace falta tiempo? Como sabéis, tal como se entiende generalmente, una revolución implica poner en práctica una norma económica, social, política o de otra clase, como reacción contra lo que ha sido antes. Para mí, una reacción no es una revolución. Una revolución es instantánea y no tiene relación alguna con una reacción.

La mente, después de todo, es el resultado de muchos miles de ayeres; y siendo ella misma el resultado del tiempo, siempre piensa en términos del ayer, el hoy y el mañana. Y para descubrir si existe una atemporalidad, para descubrir realmente, para aprender sobre ello, tiene que haber una revolución completa en la mente misma. ¿Estoy trasmitiendo algo, o nada en absoluto?
Mirad: sois un inglés, un italiano, un francés, un hindú, o lo que sea, y con ello van todas las actitudes hacia la vida que condicionan, que separan, que dividen. Y este condicionamiento se ha producido a través del tiempo, por la educación, la propaganda; durante dos mil años la iglesia os ha adoctrinado para que seáis cristianos. Y este condicionamiento de la religión, del nacionalismo, de la separatividad, tiene evidentemente que ser destruido por completo, porque todas esas cosas son fronteras, limitaciones de la mente. ¿Y es cuestión de tiempo la destrucción de todo esto?

Mirémoslo de manera distinta. ¿Dónde existe el tiempo, no sólo el del reloj, sino el tiempo interno? ¿Dónde existe? Por favor, no es esta una pregunta retórica o de argumentación, ni una pregunta hecha sólo para estimular vuestra mente ?eso es todo demasiado tonto. Pregunto esto porque el espacio, el tiempo y la distancia tienen que existir en un estado en el que no hay tiempo en absoluto. Ese estado debe existir primero, y cualquier otro entra en él. Sin atemporalidad, no hay espacio ni distancia. Os ruego que no aceptéis ni neguéis esto: tenemos que tentar nuestro camino en ello. Todavía no os he comunicado su sentido, de modo que no podéis decir que sea así o no, o que lo que digo no significa nada para vosotros.

Mirad, existís en el espacio. Sin espacio no existiríais. Sin el espacio entre dos palabras, éstas carecen de sentido; sin el espacio entre dos notas, no habría música. El espacio es la cosa desconocida, en la que lo conocido existe. Sin lo desconocido, no existe lo conocido. No sé si os lo estoy trasmitiendo. Por favor, esto no es algo sentimental, que pueda ser motivo de risa o de aceptación. Voy a seguir para entrar en alguna otra cosa. Si cualquier cosa que uno dice muere, no hay vida.

La mayoría de nosotros queremos una vida que tenga continuidad, la cual es tiempo y espacio. Por consiguiente, para nosotros la muerte es un horror que hay que evitar, y la vida es algo que hay que prolongar, mediante la medicina, los médicos, etc. O bien, frente a lo inevitable de la muerte, decimos, 'quiero creer en algo: que yo continuaré y que vosotros continuaréis siempre en el espacio'.

De modo que, si puede uno decirlo así, en el seno de lo desconocido, existen el tiempo y el espacio. Pero, sin tentar el propio camino en lo desconocido, la mente se hace esclava del tiempo y del espacio. Hemos tardado tiempo en llegar aquí, pero ¿se emplea tiempo para percibir algo, para ver algo que no es cuestión de tiempo? El ver que algo es falso, ¿lleva tiempo?
¿Lleva tiempo el ver lo falso del nacionalismo, lo ponzoñoso que es? Por favor, aguardad un minuto, no digáis que sí. No me refiero al ver intelectual, verbal, sino al ver real, a la percepción efectiva de ello, de modo que jamás volváis a tocarlo ?eso, seguramente, no requiere tiempo ¿verdad? Uno sólo depende del tiempo cuando la mente es ineficaz, indolente.

Y la muerte. . . ¿por qué hay tal miedo a la muerte? No sólo para los viejos, sino para todos existe este miedo. ¿Porqué ? Y como tenemos miedo, hemos inventado todas las bellas teorías consoladoras: la reencarnación, el karma, la resurrección y todo lo demás. Es el temor lo que hay que comprender; pero no volvamos al temor; estamos tratando de comprender lo que significa morir.

La mayoría de nosotros queremos continuidad física ?el recuerdo de las cosas que hemos sido, las esperanzas, las satisfacciones, las realizaciones- la mayoría vivimos con los recuerdos, las asociaciones, los cuadros sobre la repisa, los retratos. Y todo eso puede interrumpirse cuando cesa el cuerpo físico; y eso es algo muy perturbador. He vivido tanto tiempo, cincuenta o sesenta años; me he esforzado en cultivar ciertas virtudes, en adquirir conocimiento; y ¿cuál es el valor de la vida, si voy a ser separado de todo ello, si voy a cesar en el instante? Por consiguiente, el tiempo?espacio interviene. ¿Me seguís? Digo tiempo, como espacio y distancia. Para nosotros, pues, la muerte es cuestión de tiempo. Pero aquello que tiene continuidad, que no conoce terminación, nunca puede renovarse, nunca puede ser joven, fresco, inocente. Sólo aquello que muere tiene la posibilidad de creación, de renovación, de frescura. ¿Es, pues, posible morir mientras se vive, conocer la vitalidad, la energía de la muerte, con todos los sentidos plenamente despiertos? ¿Qué significa la muerte? No la muerte de vejez, enfermedad y accidente, sino la muerte de una mente que está en plena actividad, que ha probado, ha experimentado, y ha adquirido conocimientos; lo cual significa, en realidad, la muerte del ayer. ¿Comprendéis?

Del libro "El estado creativo de la mente"


La creencia en la superviviencia despues de la muerte




Lo importante, por cierto, no es si hay o si no hay continuidad después de la muerte, sino por qué creemos. ¿Cuál es el estado psicológico que exige creer en algo? Seamos bien claros, por favor. No discutimos ahora si hay o si no hay vida después de la muerte. Esa es otra cuestión, de la que habremos de ocuparnos después, en otro momento.

Pero el problema es éste: ¿cuál es en mí el factor compulsivo, la necesidad psicológica que me hace creer? Un hecho no exige creencia de parte vuestra, por cierto. El sol se pone, el sol sale: eso no exige creencia. La creencia sólo se origina cuando queréis interpretar el hecho de acuerdo con vuestros deseos, con vuestros estados psicológicos, para satisfacer vuestros propios prejuicios, vanidades e idiosincrasia. Lo importante, pues, es como encarar el hecho, ya se trate de la vida después de la muerte o de cualquiera otro hecho. De modo que no es cuestión de saber si hay supervivencia del individuo después de la muerte ?después que muere su cuerpo- sino por qué creéis, qué impulso psicológico os hace creer. Eso es claro, por cierto, ¿no es así? Investiguemos, pues, si esa creencia psicológica no es un estorbo para la comprensión.

Si uno se ve confrontado con un hecho, no hay nada más que decir al respecto. Es un hecho, el sol se pone. Pero el problema es este: ¿por qué existe en mí ese instinto incesante de creer en algo ?en Dios; en una ideología, en una futura utopía, en esto o en aquello? ¿Por qué? ¿Por qué creemos? ¿Por qué existe ese impulso psicológico de creer? ¿Qué ocurriría si no creyésemos, si simplemente observásemos los hechos? ¿Podemos hacerlo? Ello se vuelve casi imposible -¿no es así?- porque queremos interpretar los hechos de acuerdo con nuestras sensaciones. De suerte que las creencias se convierten en sensaciones, las cuales se interponen entre el hecho y yo. La creencia se convierte, pues, en un estorbo. ¿Somos diferentes de nuestras creencias? Creéis que sois americanos, o que sois hindúes, creéis en esto y en aquello, en la reencarnación, en docenas de cosas. Y eso sois, ¿no es así? Sois eso que creéis. ¿Y por qué creéis? Lo cual no quiere decir que yo sea ateo, o que niegue a Dios, y todas esas estupideces; no es eso lo que discutimos. La realidad nada tiene que ver con la creencia.

El problema es, pues, este: ¿por qué creéis? ¿Por qué esa necesidad psicológica, ese interés en la creencia? ¿No será porque sin creencia no sois nada? Sin el pasaporte de la creencia, ¿qué sois? Si no os clasificáis como algo, ¿qué sois? Si no creéis en la reencarnación, si no os llamáis esto o aquello, si no tenéis rótulos, ¿qué sois? La creencia, por consiguiente, actúa como un rótulo, como una tarjeta de identificación: y eliminada la tarjeta, ¿qué queda de vosotros? ¿No es ese temor fundamental, esa sensación de estar perdido, lo que torna necesaria la creencia? Pensadlo bien, por favor; no lo rechacéis. Experimentemos juntos las cosas que estamos tratando; no escuchemos simplemente para luego marcharnos y continuar con nuestras creencias y "no creencias" habituales. Estamos discutiendo todo el problema de la creencia.

De suerte que la creencia, la palabra, ha llegado a ser importante. El rótulo ha adquirido importancia. Si yo no me llamara hindú, con todo lo que ello implica, estaría perdido, no tendría identidad. Pero el identificarme con la India, como hindú, me da un prestigio tremendo, me confiere rango, me fija una posición, me atribuye valor. La creencia, pues, se convierte en una necesidad cuando psicológicamente me doy cuenta, consciente o inconscientemente, de que sin el rótulo estoy perdido. Entonces el rótulo llega a ser lo importante ?no lo que soy, sino el rótulo: cristiano, budista, hindú. Y entonces tratamos de vivir de acuerdo con esas creencias, las cuales son autoproyectadas, y, por lo tanto, ilusorias. Indudablemente, para el hombre que cree en Dios, su Dios es un Dios proyectado por él mismo, un Dios de su propia hechura. Pero el hombre que no cree en Dios es lo mismo. Para comprender lo que es aquello, ese algo supremo, uno ha de llegar a él renovado, como nuevo, no atado a una creencia. Y me parece que esa es nuestra dificultad en lo social, en lo económico, en lo político y en nuestras relaciones individuales. Es decir, abordamos todos estos problemas con un prejuicio; y como los problemas son vitales, vivos, sólo pueden encararse adecuadamente cuando la mente es nueva, cuando no está sujete a una creencia autoproyectada, a una creencia de su propia hechura.

Es obvio que la creencia se convierte en un estorbo cuando no ha sido comprendido el deseo de creer; y una vez comprendido éste, el problema de la creencia ya no existe. Entonces podéis encarar los hechos tal cuales son. Pero aun cuando haya continuidad después de la muerte, ¿resuelve eso el problema de la vida en el presente? Si yo sé que voy a vivir después que esta cosa (el cuerpo) muera, ¿acaso he comprendido la vida? La vida es ahora, no mañana, Y para comprender el presente, ¿tengo que creer? Para comprender el presente, que es vida, que no es sólo un período de tiempo, no hay duda de que he de tener una mente que sea capaz de enfrentar ese presente en su totalidad, prestándole plena atención. Pero si mi atención se distrae con una creencia es seguro que no encaro el presente de un modo completo, pleno.

La creencia, pues, se convierte en un impedimento para la comprensión de la realidad. Siendo la realidad lo desconocido, y la creencia lo conocido, ¿cómo puede lo conocido encontrar lo desconocido? Pero nuestra dificultad está en que deseamos lo desconocido junto con lo conocido. No queremos desprendernos de lo conocido porque ello resulta demasiado aterrador; en nosotros hay gran inseguridad, gran incertidumbre. Y es por eso que, para protegernos, nos rodeamos de creencias. Es tan sólo en el estado de incertidumbre, de inseguridad ?en el que no hay sensación alguna de refugio- que descubrís. Por eso es que, para encontrar, debéis estar perdidos. Pero no queremos estar perdidos. Y, para evitar perdernos, tenemos creencias y dioses de nuestra propia hechura, que nos protegen. Y cuando llega el momento de la verdadera crisis, esos dioses y creencias carecen de valor. De ahí que las creencias sean un impedimento para el que quiere realmente descubrir lo que es.


Del libro "El conocimiento de uno mismo"